Mis elegidos del 2021

Resulta que mi papá me vio triste. Era el verano de 1986 y terminaba el ciclo de la colonia de vacaciones. Se ve que yo ya venía masticando la despedida y él (o mi mamá, quién sabe) salió a comprar algo para compensar la angustia. El día del acto de cierre, apareció con mi primer libro: Amistad, divino tesoro, una maravilla de letras verdes y olor a nuevo en cuyas páginas conviven autoras como Poldy Bird, Elsa Bornemann y Silvina Ocampo.

¿Cómo se le ocurrió a mi papá comprarme justamente eso? En mi casa no se leía más que el diario y los manuales del colegio; nadie de mi familia tenía una biblioteca ni el mínimo respeto hacia los libros. El primero que leí (algunos meses antes de esto que cuento), Mujercitas, había sido de mi tía y lo había descubierto lleno de polvo y medio comido por los bichos en el galpón de las herramientas de mi abuelo. Pero mi papá ese día había decidido regalarme un libro, un libro hermoso, que pronto supe de memoria, porque era el único. Y lo leí y releí hasta que llegaron el segundo, y el tercero, y el cuarto…

Así empecé; en parte, gracias a una casualidad. Imaginen cómo seguí… Compro más de lo que puedo leer, un poco porque me gusta verlos en la biblioteca y otro poco porque me juro que ya encontraré el tiempo para dedicarles. Y cada libro (nuevo o relectura) es un descubrimiento, incluso de esa en la que me convierto cuando lo leo.

De los libros que descubrí este año, mis cinco preferidos y que recomiendo fueron los siguientes:

 

Inundación: El lenguaje secreto del que estamos hechos, de Eugenia Almeida.

Inundación: El lenguaje secreto del que estamos hechos es una especie de ensayo, o un compendio de poesía en prosa, o un híbrido de ambos sobre la palabra y la vida. Es cortito y tan intenso que, por momentos, tenía que dejarlo reposar (más que al libro, a mi cabeza) y volver sobre lo leído.

 

Beloved, de Toni Morrison

Beloved ganó el Pulitzer en 1988. Es una novela sobre el horror de la esclavitud, con un estilo que roza el realismo mágico. Su protagonista escapa de sus amos junto con sus hijos y, cuando la recapturan, mata a la niña para librarla de de la deshumanización y la violencia que significa la esclavitud. Solo mata a la niña porque la esclavitud es terrible para todas sus víctimas, pero en especial para las mujeres. Sin embargo, al tiempo Beloved (así se llama la niña) un día vuelve.

 

Mandíbula, de Mónica Ojeda

Mandíbula es crudo, fuerte; es la crueldad que nos repele, pero que no podemos dejar de mirar. Su protagonista es una adolescente rebelde (sí, claro, todos los adolescentes lo son, pero esta se lleva todos los premios) fanática de las historias de terror y alumna de un colegio de élite del Opus Dei. Un día, se despierta atada a una cama en una cabaña en medio del bosque. Su secuestradora: su maestra de Lengua y Literatura. Con este inicio, no hay mucho más que agregar.

 

Quema, de Adriana Castellarnau

Quema es una novela fragmentaria sobre un mundo posapocalítico. Una plaga (no se menciona de qué se trata específicamente) ha devastado la civilización y los que quedaron tratan de sobrevivir en un mundo que casi ha vuelto a su estado primitivo. Es una distopía, aunque, pensándolo bien, quizás no lo sea tanto.

 

El dios de las pequeñas cosas, de Arundhati Roy

El dios de las pequeñas cosas fue mi mayor descubrimiento del 2021. No porque me impactara más o menos que los anteriores, sino porque supe de él corrigiendo un libro cuya autora lo mencionaba.

Es una saga familiar al estilo Cien años de soledad (de hecho, Arundhati Roy ha sido comparada con Gabriel García Márquez), pero transcurre en la India. Entonces, detrás de la historia de sus personajes, uno se encuentra con esa cultura milenaria y, al menos para mí, desconocida. Está tan bien escrito, sus imágenes son tan potentes que uno se siente que conoce la India sin haber ido. Datazo: fue el único libro que me hizo llorar en el año.

 


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