Soy correctora

Nos pasa siempre. Cambian los protagonistas, el escenario, incluso fragmentos de la trama, pero, cuando con mi señor marido conocemos a alguien, el diálogo es más o menos el mismo.

—Y vos, ¿de qué trabajás? —pregunta el flamante conocido; a él primero, ya sea porque la cara le resulta familiar o porque Héctor es sociable y divertido, y enseguida cae bien.
—Soy entrenador de fútbol.
Por lo general, el interlocutor se detiene en la respuesta un segundo y piensa de dónde conoce esos pelos, hasta que se anima:
—¿En algún club grande?

Al rato, mientras medita en cómo averiguar más sin quedar como un maleducado o un cholulo, se acuerda de que estaba hablando con dos personas, no con una, y le pregunta al florero de al lado (o sea, yo):

—¿Y vos?
—Yo soy correctora de textos —le respondo.
—Ah… no tenés ni una falta de ortografía, ¿no? —me lanza, y vuelve contento al entrenador, una vez que su cuota diaria de amabilidad fue satisfecha.

Sí, soy correctora de textos (y traductora y redactora, pero la corrección es lo que más me gusta) y, como a todos los seres humanos, cada tanto me asaltan dudas ortográficas, le respondería al interlocutor si no quedara yo revoleando los ojos y oyendo, con resignación, otra charla sobre fútbol. De hecho, le contaría, la duda es una de las armas principales de los correctores porque, como afirma Antonio Martín Fernández, «los correctores no sabemos todo, pero sabemos dudar de todo». Por eso, recorremos diccionarios y manuales para corroborar, por ejemplo, si la preposición correcta para el verbo partir es a o para, si el término ooforosalpingectomía existe o si en tal frase hay un vicio de construcción (como cacofonía, anfibología, redundancia… Ya voy a explicar cada uno de estos términos, tranqui que recién empiezo con esto).

Esta escena que conté, con más o menos variantes, nos pasa a todos los correctores, a pesar de que nuestra labor es tan antigua que se remonta a los siglos XII y XIII, cuando aparecieron los primeros copistas en conventos y monasterios. En la actualidad, tenemos reconocimiento internacional, asociación (la argentina se llama PLECA) y celebramos congresos. Y hasta tenemos día del corrector, que se celebra el 27 de octubre en honor a Erasmo de Rotterdam, el mismísimo Erasmo de la cumbia Dilema de amor, de Les Luthiers:

CN: Estoy enamorado
por fin me enamoré
el sábado a la noche,
en el baile la encontré.

[…]

CN: Y hablando de Marcuse
de Spengler y Lacan,
llegamos a Erasmo
de Rotterdam.

DR: Los jóvenes se aman
con tanto entusiasmo
que solo con hablar
ya llegan al Erasmo.

[…]

Y, bueno, algo de ese Erasmo tenemos los correctores, porque nos desvela la gramática, amamos las palabras, nos seduce sobremanera un diccionario, a veces nos peleamos con la RAE, veneramos con pasión a Fundéu y nos emocionamos con el nacimiento de su hermana menor, Fundéu Argentina.

Sospecho que, además, todos tenemos problemas de visión y de espalda (malditas y amadas computadoras), pero las cuestiones médicas de la profesión quedarán para otra entrada (o no, ¿a quién puede interesarle?). A esta correctora en particular también le apasionan otras cosas, como los animales y los libros.

 


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