Técnicas de escritura: contar y mostrar

No me digas que la luna está brillando; muéstrame el destello del brillo en un cristal roto.
Antón Chéjov

 

Pusiste el punto final. Lo releíste miles de veces. Corregiste la ortografía, cambiaste alguna palabra por su sinónimo, moviste una oración, tachaste varias. Te parece que tu texto está perfecto… ¿lo está? Leelo de vuelta; fijate en los detalles, en las imágenes que usaste, en qué te hacen sentir. Porque es una constante; todos los que escribimos, en algún momento, hemos recibido un mismo consejo: «No me lo cuentes, mostrámelo».

Contar y mostrar son las dos técnicas de escritura fundamentales, y vamos a utilizar ambas para contar una historia. Lo ideal sería que, entre una y otra, hubiera un equilibrio y que las utilicemos de manera efectiva.

Pero ¿dónde reside la diferencia entre ambas?

Contar es mencionar por encima, es describir una escena, un personaje o una situación desde el punto de vista del narrador. Esto último significa que le damos al lector todo hecho, le decimos cómo es una situación y qué pensar respecto a ella.

Diremos, por ejemplo, «María tenía sueño».

La información le llega al lector de manera procesada. Como es la forma de comunicar más concisa y directa, utilizamos esta técnica para incluir lo menos importante, lo secundario, el trasfondo.

En cambio, a las escenas más importantes vamos a mostrarlas: intentaremos representar la historia directamente, borrando, en la medida de lo posible, la voz del narrador. Queremos que el lector se sumerja en la escena, que viva ese mundo que estamos creando para él. Por tal motivo, vamos a darles importancia a los detalles y los vamos a llenar de imágenes (sonidos, olores, texturas…).

Entonces, por ejemplo, diremos que «María cargaba con el peso del mundo sobre sus hombros. Era una caricatura del pasmo: los ojos abiertos pero ausentes; las mejillas grises, teñidas de la luz mortecina del monitor encendido; la mandíbula caída, laxa. En la comisura le brillaba una gota minúscula, que ella terminaba limpiando con el dorso de la mano cuando cualquier cambio en el volumen de sonidos (el bocinazo de un colectivo, el insulto de Suárez, un estornudo exagerado) la sobresaltaba. Entonces, tragaba la pasta en la que se había convertido su saliva y volvía a concentrarse en el titilar de la pantalla».

El escritor será quien decida cuándo es momento de utilizar una técnica u otra, cuándo una escena no requiere más que un relato sintético y cuándo es necesario recrearla con imágenes para que el lector la viva. Una novela no puede ser una crónica de sucesos, pero tampoco se puede mostrar todo, porque detenerse en los detalles sin importancia la tornará lenta y aburrida. Acá se pone en juego su habilidad para comunicar y para mantener el equilibrio, necesario en todo texto de calidad.

 


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